Comer un jamón ibérico es todo un arte y un verdadero disfrute.
Desde la crianza del cerdo y su alimentación hasta la elaboración cuidada del producto, el jamón ibérico es fruto de un trabajo muy cuidado y meticuloso.
Por ello, conviene tener en cuenta una serie de factores en cuanto a su consumo y conservación, para no dejar escapar ninguna de sus muchas cualidades.
PREPARACIÓN
En primer lugar hemos de tener en cuenta la temperatura de corte, que debe ser de unos 18°. De esta manera el jamón ofrecerá un aspecto brillante, una textura untuosa en el tocino y apreciaremos tanto su aroma como su sabor inconfundibles.
Si el jamón va a durar pocos días (para banquetes o muchos comensales), se pueden retirar toda la corteza externa de su superficie antes de cortarlo. Si no va a ser así, es mejor quitarla poco a poco a medida que avanza su consumo.
El corte ha de hacerse en lonchas cortas y muy finas, casi traslúcidas, que clareen al cuchillo. Este corte ha de conservar parte de la grasa del jamón, que es lo que le confiere muchas de sus cualidades organolépticas (además, la grasa del jamón ibérico es muy saludable debido a su alto contenido en ácido oleico).
Para un buen corte, el cuchillo (dicho cuchillo jamonero) ha de ser de buen filo, largo y de hoja estrecha. Nos será muy útil un afilador (chaira) para conservar el máximo filo del cuchillo.
Vea el apartado El Corte paso a paso para mayor información.
CONSERVACIÓN
El jamón debe conservarse siempre en un lugar fresco y seco (a una temperatura de entre 10 y 15°C).
Una vez abierto el jamón y hechos los primeros cortes, se debe proteger la zona cortada con algunos de los trozos de tocino o corteza externa. De este modo conservaremos la grasa fresca y el magro en condiciones óptimas.
Podemos además cubrir el jamón con un trapo de cocina limpio para mejorar aún más su conservación.
El jamón abierto debe consumirse en un plazo de unos 2 meses, con el fin de asegurarnos al máximo todas sus cualidades.
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